lunes, 21 de septiembre de 2026

Por debajo del radar: los microemprendedores

Tecnología cada vez más baratas, la presencia de la IA y nuevas modalidades de organizar la producción impactan fuertemente en las relaciones laborales. No voy a extenderme sobre este punto ampliamente debatido en la actualidad: pienso en el trabajo de plataformas, los cuestionamientos de la gestión algorítmica, las cadenas mundiales de suministro, el nuevo concepto de “agente de la IA, etc.
Hoy pongo la mirada en una expresión de trabajo, que crece rápidamente en los últimos años y sobre la que poco se dice o estudia. Me refiero al trabajo de los microemprendedores del siglo XXI, verdaderos cyber-artesanos contemporáneos.
La noción de empresa estuvo tradicionalmente vinculada a la organización de capitales, maquinarias y trabajo, dirigida hacia un proyecto productivo. Gamarra (Tratado, T. I, 1989, p. 252) ha expresado que la empresa es una compleja organización de trabajo y de capitales, citando al art. 1655 del Código Civil italiano: la empresa es la organización de los medios necesarios y con una gestión bajo riesgo propio para obrar en el mercado.
¿De que hablamos cuando hablamos de los microemprendedores? ¿Cuál es el vínculo entre la cyber-artesanía y la empresa? La primera reflexión nos lleva a ese instituto muy vernáculo de las empresas unipersonales, verdadero estandarte del neoliberalismo. Pero, en esta oportunidad hablo de algo diferente. Me refier a trabajadores que efectivoamente han proyectado su oportunidad de empleo en la realización de tareas autónomas, favorecidos por el aporte de las nuevas tecnologías. 
Si en el pasado, para armar una empresa era necesario reunir un mediano o importante capital inicial, hoy las tecnologías (básicamente el celular o una laptop común de precio modesto) permiten a la persona montar un emprendimiento que se proyecta a través de las redes e internet hacia un inmenso escenario mundial. Los microemprendedores, aunque formalmente podrían asimilarse a las empresas unipersonales, sociológicamente son personas que se posicionan y se perciben como trabajadores independientes, como verdaderos “pequeños empresarios”, buscando la oportunidad de crecer en un mercado básicamente digital: son prestadores de servicios o intermediarios del e-business, que mezclan dosis de operarios digitales con ambiciones de aventureros en la dimensión de un mercado que no tiene límites geográficos. Su actividad es variada y exige un gran dominio de la navegación en las redes, donde generalmente buscan ocupaciones vinculadas al desarrollo de software, ingeniería de datos, diseño gráfico, asesoramiento profesional en distintas áreas, e-commerce, traducciones y enseñanza de idiomas, etc. Pero también pueden montar una inmobiliaria, una agencia de empleo, ser asesores de actividades varias, redactores de textos promocionales, vender cursos de disciplinas diversas o armar un taller de literatura.  
Hay en estos trabajadores una “autonomía geográfica” y cierto espíritu empresarial, que los diferencia de los comunes teletrabajadores. Como en el futbol, cabe la posibilidad que alcancen resultados extraordinarios como verdaderos campeones de la dimensión digital; pero, también como en el futbol, la mayoría termina relegada a pequeños trabajos, que conforman la amplia regiòn de la llamada “gig economy”, es decir esa economía de los trabajos de escasa calidad y bajos ingresos. 
Muchos microemprendedores ingresan en las redes del “crowdworking”, es decir el espacio de plataformas “on-line”, del que Uber y los repartidores (plataformas “on demand”) son solo la punta del iceberg. Debatimos sobre las normas nacionales en materia de trabajo de aplicaciones, pero a nadie llama la atención que los trabajadores de plataformas “on-line” (la mayoría de los microemprendedores lo son) no estén incluidos en la ley.  
En Uruguay vivimos una extraña situación: por una parte, se estimula la formación de microemprendedores a través de instituciones como INEFOP y ANDE (la Agencia Nacional de Desarrollo), pero luego no existe un seguimiento sobre el éxito de estos programas. Lo que más preocupa de estos trabajadores es su invisibilidad, que los relega generalmente a situaciones de trabajo precario y en negro: ignoramos si – al trabajar generalmente en la intimidad de sus casas - ingresan en los registros de la seguridad social o permanecen ocultos para las cargas y los beneficios de nuestro sistema previsional. 
En mi opinión, es un tema que debe ser medido y estudiado desde las relaciones laborales y desde el propio Estado. El riesgo es ir conformando una comunidad cada vez más vasta de empleos precarios, que algún día – por el inevitable transcurso de los años – reclamará costosas políticas asistenciales. 
Como en el Aeropuerto de Carrasco, quizás sea hora de que apostar a radares más potentes, que permitan visibilizar trabajos ocultos en las nieblas del sistema.

 

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