Las afirmaciones del dirigente sindical uruguayo Joselo López en su discurso en el acto del 1º de mayo motivan las reflexiones del post de hoy:
“Debemos corregir errores que hemos cometido y también plantearnos nuevos desafíos. Pensar el Uruguay de hoy a partir de una visión inamovible centrada en la unidad es un error histórico que nos aleja cada vez más de las necesidades de la clase trabajadora. Hay que pasar a la ofensiva y proponer una revolución al interior de nuestro movimiento sindical”, afirmó, para luego agregar:
“El trabajo en Uruguay ha cambiado sustancialmente su forma desde 1966 a la fecha. Es difícil encontrar complejos industriales que acaparen miles de empleados como existían antes. Ni siquiera la era progresista con su efímera propuesta neodesarrollista logró revertir la caída del viejo proletariado industrial”.
A estas afirmaciones, sumo la frase de un dirigente sindical con el conversé sobre temas laborales, quien me expresó: “Es difícil construir solidaridad sindicad, cuando la gente lee tantos libros de autoayuda”. Confieso que la afirmación impacta, porque, es cierto: los libros de autoayuda, que vemos por decenas en las librerías, promueven el individualismo, al considerar que el camino hacia la superación se basa en la acción emocional individual: en el plan para alcanzar el éxito, queda poco espacio para lo colectivo.
Las dos premisas me indica que el gran desafío sindical es la construcción de solidaridad en una época en que el trabajo subordinado (en especial, de tipo industrial) se erosiona, sl tiempo que se expande el individualismo como “virtud”.
El sindicato nació como expresión de lucha solidaria de la llamada “clase trabajadora”. Se gestó y consolidó en el movimiento obrero de la industria y sus fábricas, para luego extenderse a toda actividad laboral de naturaleza subordinada. El concepto tradicional de sindicato responde por lo tanto a la idea de trabajadores subordinados, que se organizan para equilibrar la asimetría de poder con la contraparte más fuerte, es decir el empleador o empresa.
En la sociedad digital del siglo XXI - con sus nuevas modalidades de trabajo de naturaleza semi-dependiente o independiente y con colectivos fragmentados en la dimensión virtual -, el sindicalismo enfrenta desafíos desconocidos en el pasado.
Las preguntas no son pocas: ¿Los trabajadores no subordinados tienen derecho a organizar sindicatos? ¿La defensa colectiva de los intereses profesionales de los trabajadores autónomos integrará el colectivo sindical, como hoy lo conocemos, o se expresará en nuevas organizaciones diferenciadas de las tradicionales? ¿El sindicato tradicional será la voz también de los trabajadores dispersos - e inmersos - en la dimensión digital a nivel global?
Entendemos que las nuevas formas de trabajo no asalariado justificarán la constitución de “sindicatos” o “agremiaciones”, aunque no siempre será fácil el ensamblaje del sindicato tradicional con nuevas organizaciones representativas de trabajo no subordinado y – muchas veces – en competencia con los trabajadores subordinados (como puede ser el caso de Uber y el sindicato del taxi).
La segunda línea de reflexión se origina en el creciente individualismo de la época contemporánea, de la que – expresábamos – los libros de autoayuda son un ejemplo sencillo, pero importante. El sindicato se apoyó básicamente en una idea de solidaridad, sustentadas en una cultura que privilegiaba lo social (v.g., lo general) sobre lo individual. Hoy se produce una profunda transformación de valores, que privilegian lo individual frente a lo colectivo. Estos nuevos valores se expresan de variada forma: el éxito individual como elemento ejemplarizante y objeto de admiración, la exacerbación del consumo, la búsqueda de productos cada vez más diferenciados, el culto de la imagen y del físico, el dinero como símbolo de poder. El sindicato no siempre logra integrar a los “trabajadores exitosos”, que ven en la negociación colectiva la estandarización de niveles que no premian a los mejores. Los trabajadores fuertes no quieren igualdad salarial para iguales tareas (objetivo tradicional del convenio colectivo): todo lo contrario; prefieren una fragmentación salarial que premie a los que demuestren mayor capacidad y profesionalidad.
En este contexto el sindicato enfrenta el desafío de promover la adhesión de trabajadores probablemente más interesados en soluciones personales y familiares (asistencia médica y legal, descuentos comerciales, cooperativas de consumo, estructuras deportivas o vacacionales, etc.), que en los grandes planteos reivindicativos específico de lo laboral y lo social. Y quizás sea precisamente éste el gran desafío del movimiento sindical: ¿qué cambios efectuar para “resetearse”, sin perder su condición de representante legítimo de los intereses de los trabajadores? En otras palabras, ¿cómo dosificar el individualismo contemporáneo con la solidaridad que necesariamente debe nutrir el colectivo sindicas?
En una época marcada por el consumo, quizás el sindicato deba comprender - aunque suene algo insólito - que el adherente es también un cliente. Un trabajador puede hoy decidir su afiliación a un sindicato por motivos independientes de la función histórica de la organización. Es probable que para una organización sindical que quiera potenciar su afiliación, la opción estratégica no radique solo en la defensa de los intereses de sus afiliados, sino también en el ofrecimiento de servicios complementarios: a vía de ejemplo, la oferta de un consultorio odontológico o un gimnasio gratuitos.
Al efectuar estar reflexiones no se nos escapan dos críticas. La primera apunta a que la opción adherente/cliente - por su pragmatismo extremo - parece chocar con los principios más profundos de las organizaciones, aquellos que hacían de cada adherente un militante. La segunda es que existe el riesgo cierto que si un sindicato se lanza a conseguir adherentes sobre la base de ofrecer muchos servicios no estrictamente del ámbito sindical, la organización se reforzará, pero a su vez perderá su propia identidad, transformándose quizás en un club o en una asociación social.
Las críticas son ciertas, pero no plantean una confrontación insuperable entre las dos opciones. Creemos legítimo que un sindicato refuerce su estructura, ofreciendo otros servicios, pero deberá indudablemente cuidar que la dosis funciones gremiales/servicios complementarios sea la adecuada.
En definitiva, el gran desafío del sindicato en la nueva dimensión de las relaciones laborales será asegurar los derechos sindicales ante un contexto en permanente mutación. Ello no será solo una cuestión jurídica, porque lo que pueda estar “escrito” en el Derecho podría perder eficacia en entornos que no ya no son los tradicionales.
La apuesta de los trabajadores organizados deberá ir más allá de la defensa de los derechos sindicales en el ámbito tradicional, porque será la generación y organización de la solidaridad de trabajadores dependientes y autónomos, locales y externos, el requisito fundamental para la efectividad de la acción colectiva.

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