

Me interesó
el tema del teletrabajo desde el desarrollo de las TICs a nivel masivo. En el
año 2009, en mi libro de La Contratación
Atípica del Trabajo ya me refería a las luces y las sombres de esta
modalidad laboral. Señalaba las ventajas: permitía a la empresa ahorrar en alquiler de oficina y en
los costos fijos para mantenerlas, disminuía la contaminación ambiental, incorporaba
formas más flexibles de trabajo; al trabajador daba la posibilidad de trabajar
sin descuidar otras obligaciones sociales (ej., madre con niños) y le daba una
mayor autonomía en sus tiempos de trabajo. Pero señalaba también los peligros
del teletrabajo: jornadas extensas de labor, estancamiento profesional, pagos a
destajo, aislamiento, generalmente falta de protección social. Agregaba -
siempre en 2009 - que aquellos teletrabajadores que no contaran con un estudio
o espacio propio en su domicilio,
sufrirían las continuas superposiciones entre trabajo y entorno
doméstico, mientras que la prolongada exposición a la computadora (instrumento
utilizado en la mayoría de los teletrabajos) perjudicaría la interacción social
con amistades, compañeros de trabajo, etc., además de provocar tendinitis, enfermedades
a la vista y depresiones por aislamiento.
Ha transcurrido una década desde la
publicación del libro y hoy - en una sociedad con más avanzadas tecnología y
sumergida en una crisis imprevista -, compruebo esas ideas iniciales: el
teletrabajo ofrece ventajas - que estamos comprobando en estos tiempos excepcionales
-, pero también complejidades y problemas, que no deben ocultarse.
Hace tan solo seis meses hablaba en
un ámbito empresarial sobre la oportunidad de introducir elementos de
teletrabajo en la jornada regular de los trabajadores en la empresa. Imaginaba un
régimen que permitiera trabajar en la oficina de lunes a jueves, y el viernes
desde casa, como forma de flexibilizar la semana laboral, acercar el trabajador
a su hogar, sin desconectarlo de la empresa y de este modo conciliar vida
familiar y trabajo. Mi propuesta - un teletrabajo “bueno” - despertaba interés,
pero también perplejidades en los gerentes ante el hecho de renunciar un día a
la semana a la concurrencia del trabajador a la empresa.
Hoy, la crisis sanitaria ha dado
vuelta al problema. En aquellas actividades donde es posible el trabajo a
distancia, se teletrabaja toda la semana, sin grandes pérdidas en el resultado
final.
Hay un proyecto de ley presentado al
Parlamento, en el que se establecen reglas sobre el teletrabajo, como la
posibilidad de que - a través de un contrato individual de trabajo - el
trabajador pueda obligarse a trabajar en forma total fuera de la empresa. Así
de simple: sin un debate nacional, sin una ponderación sobre los efectos en la
salud del trabajador, sin preguntarse si el trabajador dispone de un “espacio
laboral” en su casa (muchos jóvenes viven con su pareja e hijos en 50 metros
cuadrados).
La paradoja es que quien escribe -
defensor entusiasta de aquella jornada semanal de cuatro días en la empresa, complementada
con un día de teletrabajo -, hoy alerta sobre los peligros del teletrabajo. Me
limitaré a señalar tres “sombras”:
1. La desconexión social del trabajador.
Está de moda hoy la palabra “desconexión”
al referirse al tiempo de trabajo. Es una palabra fonéticamente agradable, relativamente novedosa, con una carga protectora
de los derechos del tele-trabajador. Pero existe otra “desconexión” de la que
no se habla. El teletrabajador a tiempo completo se “desconecta” con su entorno
social. El ir y volver del trabajo, el compartir con los compañeros de labor
una charla, un café; el enterarse del cumpleaños de quince de la hija del jefe
o del noviazgo de fulano; el participar de una colecta solidaria en la oficina
(y muchos podrías ser los etcéteras
de esta lista) son los pequeños episodios que construyen nuestra subjetividad,
nuestras emociones, nuestro vínculos con la comunidad, que nos rodea. El
teletrabajo (como dije en 2009, y con más conocimiento afirmo ahora) aísla,
sustrae al individuo de su entorno, reduce sus vínculos relacionales, en otras
palabras quita al individuo la más humana de todas las condiciones: la
comunicación presencial con “el otro”.

2. Las dificultades del trabajo en el hogar
La crisis sanitaria de estos días
demuestra - en nuestro país y en el mundo - que vivir aislado adentro del hogar
por largo tiempo no es la mejor solución. Sorprende el daño colateral que la
pandemia produce en las familias con un aumento de los episodios de violencia
doméstica, agresividad a los menores, abusos de todo tipo. El teletetrabajo ,
en cuanto reclusión domiciliaria, significa también trabajar sin la necesaria
concentración en las propias tareas, alteradas por la interacción de todos los
miembros de una familia: la pareja que nos interrumpe, los niños que lloran, el
timbre de la puerta que interrumpe cualquier concentración. Como indicaba ayer el
colega Nelson Larrañaga en una publicación periodística “con integrantes de la
familia en la casa, se hace dificultosa la concentración y tener una buena
productividad”. Trabajar uno o dos días en casa es bueno; trabajar toda la
semana laboral recluido en el hogar puede tener graves efectos negativos:
además de posibles accidentes domésticos, teletrabajar a tiempo completo está
unido a diversas patologías, derivadas del uso
prolongado de las pantallas de terminales. También se señalan riesgos de tipo
psíquico, la fatiga mental, las posiciones incómodas o problemas que pueden
suscitarse en la vista; la angustia y depresión derivada del aislamiento; el stress
derivado de las exigencias de la labor y los ritmos exigidos por el empleador.

3. La
precarización del teletrabajo
Uno de los efectos colaterales de esta pandemia, es
que descubrimos que técnicamente muchas actividades puede realizarse extramuros de la empresa, sin grandes
pérdidas en los resultados productivos del trabajo. Hoy comprobamos que
actividades internas de la empresa, pueden trasladarse al domicilio del
trabajador. Pero ¿qué sucederá el día después? Probablemente muchos empresarios
concebirán nuevos emprendimientos construidos a partir de una fuerte apuesta al
teletrabajo, que en términos de costos laborales es un trabajo “más barato”: no
hay que comprar escritorios, ni alquilar espacios físicos, ni cumplir con
reglamentos higiénicos en la cocina y en los baños de la empresa.
En el último número de un prestigioso semanario, una
consultora publicita la siguiente propuesta: “Asesoramiento sin costo en la
implementación del Teletrabajo”. La misma no distingue entre teletrabajo en la
emergencia y el teletrabajo como regla de muchas actividades del futuro. En ese
“teletrabajo a futuro” es fácil imaginar que muchos teletrabajadores serán
contratados como trabajadores independientes, externos a la empresa y por lo
tanto con menos derechos laborales. En efectos, será difícil a un
teletrabajador que actúe desde su casa con herramientas de trabajo propias
(laptop, celular, servidor propio, etc) probar un vínculo de dependencia con la
empresa a quien preste su servicios.
Concluimos que la cuestión del teletrabajo es compleja: impacta en las
relaciones laborales, pero también en la propia vida privada y familiar del
individuo. Ello justifica su análisis a través de un gran debate nacional, para
evitar el riesgo de promover una nueva ola de precarización laboral y daños
colaterales en los hogares.